domingo, 06 de julio de 2008  
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¿Por qué leer el Quijote?

Julio 1 de 2008

José Manuel Rodríguez Canales

Luego de ver la puesta en escena del clásico cervantino he vuelto a leerlo. Se me ocurrió entonces la pregunta del título. Y como jamás la propaganda de una obra la hizo buena o mala sin la experiencia de encontrase con ella, me dedico a esbozar algunos rasgos que pude entresacar de leer y ver las aventuras del famoso hidalgo manchego. Tengo la esperanza de que sirvan para despertar algo de sed por leerlo. Si esto ocurre me daré yo por bien servido y los lectores por aprovechado el tiempo que gastaron en leer este comentario.

Desde el prólogo el libro es una exquisita ironía sobre la erudición. Y la ironía sobre los libros sesudos, siempre anima al lector de la calle. El Quijote es un libro popular, y lo es porque es original, es decir, no tiene prácticamente antecedentes, si no es en Cervantes mismo, la historia de un hombre que enloquece leyendo y en su locura propone las más grandes virtudes, estableciendo un inmenso juego entre realidad y ficción en el que muchas veces es la ficción la que lleva a actuar del modo más realista y virtuoso.

El quijoteTodo se dispara con la famosa narración de cómo enloquece don Alonso Quijano: “Del poco dormir y mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. De tal forma que pasó de los diálogos y comentarios típicos del fanático de algún pasatiempo a la acción: “vino a dar en el extraño pensamiento que jamás dio loco en este mundo, y fue que le pareció convenible y necesario… hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras…” y se hace caballero él y convierte en gran corcel a su maltrecho rocín y le pone por nombre Rocinante por estar antes que todos los corceles y rocines del mundo.

La descripción de la construcción de las armas y armaduras de este hombre reseco que frisaba los cincuenta años, metido en su granero desempolvando y limpiando unas lanzas mohosas de sus antepasados, construyendo con cartones, es una de las figuras más cómicas que pudieran imaginarse. Y como ella otras cuatrocientas mil que el libro entero ofrece, amén de los juegos y requiebros de complicidad que el autor establece con el lector, en los que siempre sorprende por la delicada armonía entre buen juicio y sensatez y el fondo de loca imaginación que disparó y sostuvo la historia desde la partida de don Alonso hasta su serena muerte, lance doloroso en el que el mismo Sancho quiere trocar su lucidez por la bendita locura de su señor.

Así que yo diría que una primera respuesta a la pregunta sería esta: porque te va a reír hasta llorar. Pero no te reirás por burla o malignidad sino por complicidad en el bien. El Quijote es una gran invitación a profundizar en una virtud bastante olvidada que a mi entender es indispensable para vivir: la eutrapelia, la virtud del buen humor. Decía Chesterton que el demonio había caído del cielo por la fuerza de la gravedad, es decir, la ausencia de buen humor. Y el Quijote es ante todo eso: un enorme y tan buen chiste que te hace reír solo, como un loco y que no le puedes contar a nadie que no tenga la paciencia de leerse las casi mil páginas que tiene. Me detengo entonces en este primer fruto de mis experiencias con el Quijote: el buen humor como virtud.

 
Una aproximación al arte desde la categoría del “encuentro”

Junio 8 de 2008

Por Fernando Gutiérrez Velásquez

El término “arte” [del latín ars, traducción del griego tékhne] se ha usado a través de la historia para designar cosas muy diversas. Ya entre los griegos era entendido en sentido amplio como aquella forma de saber orientada al hacer, se trataba pues de “saber hacer algo bien” y aquí se incluían cosas tan diversas entre sí como la agricultura y la pintura. Sin embargo, ya desde el mismo Aristóteles se vislumbraba una clara distinción entre las artes que tenían por objeto el responder a necesidades, es decir, la utilidad; y las otras que estaban orientadas simplemente al placer y la belleza. Para el Estagirita estas últimas serían muy superiores y se acercarían más a las ciencias justamente por su carácter libre y no necesario.

Dali, Muchacha en la ventanaCon el tiempo, el término “arte” iría restringiendo su sentido para significar la mayoría de las veces —aunque no siempre— aquel saber hacer orientado al placer y a la belleza, lo que ha venido a llamarse las “bellas artes”. Aún en este uso más restrictivo del término no hay ni asomos de acuerdo entre el sentido e implicancias de lo que es el arte. Algunos centran su esencia en la mimesis o imitación de la naturaleza; otros más bien en la plasmación pura y absoluta de la creatividad del artista sin que se deba buscar otro referente ni otra categoría de juicio más allá de esa creatividad, o, en el mejor de los casos, del contexto cultural y personal que contribuyó a su formación. En todo caso la pregunta por lo qué es el arte y cuál es su función permanece abierta; incluso su vinculación o no al placer y a la belleza han venido a ser puestas en cuestión.

Sin pretender ni por asomo solucionar en tan pocas líneas este problema, sí me gustaría proponer una aproximación al asunto desde el marco y la categoría del “encuentro”. Bien sea entendido como imitación de la naturaleza, bien como algo puramente creativo y nuevo, o bien como algo que tiene de parte y parte; parece posible decir que el arte es siempre algo que brota de una experiencia de encuentro del artista con la realidad aunque no sea más que lo que él considera su propia y exclusiva realidad interior.

Pero la categoría de “encuentro” es una categoría abierta y en el arte esto también queda manifiesto. La misma obra de arte —que como hemos visto es fruto de un encuentro—, cuando es verdaderamente una obra de arte, termina convirtiéndose —incluso más allá de la supuesta o real intención del artista— en propiciadora de nuevos encuentros. ¿Cuál si no es el sentido de que se exhiban las pinturas y esculturas en las galerías o que se ofrezcan conciertos de música o se presenten las obras de teatro o ballet?

Por eso para contemplar adecuadamente una obra de arte hay que aprender a encontrarse a través de ella con el artista que la creó y también con la experiencia que le dio origen y quizás, yendo aún más lejos —de la mano del artista y con los ojos del artista— con aquellos aspectos de la misma realidad con la que él se encontró en primer lugar y que con su arte es capaz de sacar a relucir para nosotros.

 
La estética de nuestro entorno

Junio 7 de 2008

Por Javier De la Flor

En la historia de la humanidad, el arte siempre ha sido una de las expresiones humanas que ha manifestado los cambios culturales, es decir, ha sido siempre la expresión de las tendencias culturales. Esto sigue vigente, y es que todo aquello que el ser humano expresa y realiza es cultura, buena o mala. En los últimos tiempos diversos artistas aparecen con nuevas expresiones, distintas y creativas que intervienen con mucho más fuerza en la vida cotidiana. Estos personajes,  son referentes cada vez más poderosos por la intervención psicológica y privada en cada consumidor. El diseño y la tecnología, son las herramientas contemporáneas que han no solamente ganado un espacio en nuestra vida cotidiana, si no, que determina muchas veces nuestra forma de vida. Un buen diseño, con un gran atractivo estético, va a llevarnos a querer tener ese producto y tenerlo en nuestros hogares.

Una vez que miramos a nuestro alrededor, sobre todo, aquellas cosas que nos rodean en nuestra vida privada, nos damos cuenta que hay un lenguaje que expresa un poco quienes somos y lo que anhelamos. La pregunta que cabe hacer por tanto es, ¿Qué tipo de cultura es la que estamos acogiendo y expresando?¿La buena o la mala?. La buena es aquello que nos enriquece y nos hace Ser mejores seres humanos, aquella que saca y expresa lo mejor y lo óptimo de nosotros. La mala es la que nos aleja más de quienes somos realmente, te todo aquello positivo, hermoso y trascendente que Dios nos a dado a cada ser humano.

 
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