En complicidad con mi hijo de 9 años acabo de ver entera la saga de “El Señor de los anillos”. He de reconocer que ha cambiado mi opinión. La verdad que la historia no me llamaba la atención porque me parecía una fantasía algo vaga y hasta alienante. Si bien ese puede ser el efecto en alguien que no sabe en qué creer, hay que tratar de ver las cosas en sus proporciones. La saga es literalmente un mito.
Tolkien regresa al mito. Y lo hace de forma genial. Y tal parece que el mito es una de las formas preferidas que hemos tenido los hombres de hablar de lo que más nos importa: el sentido de la vida. El inusitado éxito de la saga del Señor de los anillos así parece confirmarlo. Hay quienes analogan este éxito a la Guerra de las Galaxias. Hay similitudes. Una historia, que más allá del complejo andamiaje de nombres y personajes, es relativamente simple. El bien y mal se encuentran claramente definidos y contrapuestos. El mal aparece como una suerte de fuerza corruptora, de vacío. El bien como comprensión del sentido ¿Argumento manido? ¿Más de lo mismo? Sí, claro que sí, pero qué necesario para esa parte de nosotros que todavía sueña con cosas grandes, con hazañas, con valor, con sacrificio por una causa justa.
En medio del sopor del leve cinismo en el que somos educados (o maleducados), estas historias nos despiertan a una realidad mucho más profunda y muchas veces insospechada. No lo hacen con explicaciones sino con figuras. Sugieren, inspiran, señalan. Mitos al fin, como la Iliada y la Odisea. Figuras de la vida humana cargadas de sabiduría eterna y pedagogía. Y no se puede negar que éste de Tolkien tiene una calidad inmensa.